De la estancia en el hospital y otros males Opus I

loquecallamos

 

Cuando Emma nació y la llevaron al cuarto junto conmigo, empezó oficialmente mi vida de madre. Eran las 10:00 de la noche y yo no sabía, pero gran parte de mi familia estaba en la sala de espera ansiosos por entrar a conocer a la niña, no les importó que yo estuviera recién operada, eso sí con mi cicatriz de bikini, pero abierta de todas formas, pues querían verla a ella, no a mi, a ella. Así que las visitas no me importaron mucho a esa hora, yo estaba fresca como una lechuga gracias a la “ayudadita” que me dio el señor epidural, tampoco había tenido contracciones, así que lo único que me pesaba era que no podía sentarme o ponerme de lado o, ahora que lo pienso, moverme en general.

La rutina fue más o menos la misma, caminaban directo a la cunita de la bebé, la cargaban y hacían las preguntas de rigor:

¿Cuánto pesó? ¿Cuánto midió? ¿Ya comió? ¿A quién se parece?

para seguir conmigo:

¿Cómo te fue? ¿Qué se siente ser mamá? ¿Te duele la cesárea?

Uno a uno se iban relevando, pues por alguna razón en la seguridad social mexicana sólo puede haber dos visitas a la vez, tu acompañante de toda la noche y alguien que llegue a verte, así que no fue tan pesado. Para la visita número 10, mi esposo y orgulloso padre empezó a responder las preguntas mientras yo, tal vez tomaba una siesta, pues no recuerdo haber visto a los demás.

Mi esposo quería quedarse esa noche conmigo, pero siendo primerizos y viendo que la bebé se quedaría totalmente a nuestro cargo, preferí que fuera mi madre la que me acompañara, pues la experiencia me daba más seguridad en esos momentos que todo el amor que podía profesarme el nuevo padre. Así que con todo el dolor de su alma, se retiro a nuestra casa a ordenar todo para cuando saliéramos de ahí, pues decían las malas lenguas que sería al día siguiente.

De esa manera nos quedamos mi madre y yo con la enfermera que decidió darle leche de fórmula mientras yo dormía, sin nuestro consentimiento, alegando que como tenía otro bebé en el cuarto de al lado para el que tenía autorizada fórmula, aprovechaba para darle a los dos de una sola vez. En ese momento no me molesté tanto porque el medicamento me tenía un poco adormecida, menos mal que se la dieron con vasito y no con biberón, no obstante yo seguía pegándomela al pecho para que comiera un poco. Me salía apenas unas gotitas de calostro y de verdad que llegue a pensar que no iba a dar leche, si no hubiera leído tantas cosas prolactancia, hasta ahí hubiera llegado, suerte que las tuve a ustedes durante el embarazo.

La primera noche fue ideal, la nena despertaba cada 3 horas para cambio de pañal y comer, lo peor empezó a las seis de la mañana cuando…

Continuará el siguiente lo que callamos las madres

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